domingo, 20 de marzo de 2011

Sí hay quien escuche

¿Cuándo comencé a serlo? No lo sé. Pero sí puedo explicar la manera en que me he confirmado como un hombre de fe. Anoche, bueno más bien hacia la madrugada de este día, me desperté en medio de una ya muy frecuente inquietud en mi ser. Es como si de pronto ya no necesitara dormir aun cuando no me sobre el sueño. Es una sensación de no estar satisfecho por lo pernoctado, pero ya tampoco querer hundirme en la inconsciencia. Lo que he estado haciendo últimamente, cada vez que esto pasa, es ponerme a pensar en Ella, a escuchar un poco de música que evoque mis agravios y a dar vueltas y vueltas en la cama.
Pero hoy recordé una práctica que ha probado dar calma en otras ocasiones: rezar. Pronuncié las oraciones que conozco y que, a veces, a fuerza de repetirlas parecen mero formulismo ceremonioso venido desde la más influenciable niñez. Pero también hablé, pedí, supliqué. Estando ahí, solo en la casa, en mi cama, en medio de este cuarto que me recuerda quién soy y lo que tengo, no tuve reparo alguno en dirigirme a Dios. Entre parabienes dirigidos a mis seres queridos, le pedí que la iluminara a Ella y que a mí me mostrara que no estoy solo. Después de esto, a pesar de que era domingo y no debía levantarme temprano para repetir mis rutinas, ya no me dormí, abrí la computadora, me puse a navegar y a pensar en Ella, a buscar mecanismos que me proporcionen un salvavidas para mi aparente naufragio…
Sólo habían pasado unas cuantas horas de esto cuando mi teléfono sonó, inusualmente para ser un domingo por la mañana. Una operadora me dijo al otro lado de la bocina que me llamaban desde la Ciudad de México, que si aceptaba la llamada. Contrariado con esta eventualidad, le pregunté quién trataba de hablar conmigo y me dijo su nombre; sí, era Ella. Después de una semana sin señal ninguna, después de una tan fría como frustrante despedida de la semana anterior, estaba ahí, hablándome con una pureza emotiva que me estremeció por completo. Pude saber que estaba bien, que había estado pensando en mí desde hacía un rato y por eso se decidió a llamarme. También puede decirle que la amo, que me ilumina la vida sólo escucharla y, por si esto fuera poco, conseguí que me dijera que me ama…
Si esto no fue una acción divina, no tengo forma de explicarlo con suficiencia. Yo soy alguien que se gana la vida predicando procederes científicos y dirigiendo pesquisas en busca de verdades de toda índole, pero la que tenía enfrente de mi ahora es una verdad para la que no encuentro otra explicación que decir: sí hay quien escuche nuestras peticiones. Sí hay a quien pedir y hay razones para tener Fe. Yo hoy la tengo…
Gracias.

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