Es curioso: resultan extraordinarias las veces en que alguien se olvida de su nombre, pero es más raro todavía que una persona recuerde con precisión cuándo comenzó a sabérselo. Del mismo modo, yo nunca olvidaré la primera ocasión que amanecí con Ella, aunque no pueda señalar con precisión cuándo comencé a amarla.
Ambas cosas son así: de pronto uno ya tiene incrustadas en la mente esa seguidilla de sonidos que me identifican como José, Luis, o lo que sea, pero quién sabe cómo se metieron ahí y desde qué momento.
Así, ella se metió algún día hasta la médula de mis huesos y, de pronto, una mañana estaba yo ahí, cubriéndola con mis brazos, piel a piel, respirando apenas encima de sus tersos hombros, mis ojos miopes alcanzaban a ver con claridad esos adictivos tres lunares que tiene justo entre la nuca y el inicio de su espalda.
Estaba ahí, desperté y ya no era el mismo, se habían ido la inseguridad, la desesperanza, el temor, la incertidumbre. Aparecieron, en cambio, la sujeción, la vulnerabilidad, el arrobamiento. Ella no se iría jamás de mi ser. Lo supe y me preocupé, porque del mismo modo que si olvidara cómo me llamo, estaría perdido; si ella se fuera me quedaría en una profunda orfandad de la que no tengo certeza de si podría salir. Fui tan feliz ese amanecer que no lo olvidaré jamás y la amo tan profundamente que no sé desde cuándo, ni cómo, ni hasta dónde.
Así, ella se metió algún día hasta la médula de mis huesos y, de pronto, una mañana estaba yo ahí, cubriéndola con mis brazos, piel a piel, respirando apenas encima de sus tersos hombros, mis ojos miopes alcanzaban a ver con claridad esos adictivos tres lunares que tiene justo entre la nuca y el inicio de su espalda.
Estaba ahí, desperté y ya no era el mismo, se habían ido la inseguridad, la desesperanza, el temor, la incertidumbre. Aparecieron, en cambio, la sujeción, la vulnerabilidad, el arrobamiento. Ella no se iría jamás de mi ser. Lo supe y me preocupé, porque del mismo modo que si olvidara cómo me llamo, estaría perdido; si ella se fuera me quedaría en una profunda orfandad de la que no tengo certeza de si podría salir. Fui tan feliz ese amanecer que no lo olvidaré jamás y la amo tan profundamente que no sé desde cuándo, ni cómo, ni hasta dónde.

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