sábado, 14 de mayo de 2011

Un año de mi viaje celestial

Alguna vez le decía a Ella que “viajar es pararse al borde de un mundo y desde ahí ver más al siguiente”. Hoy quiero recordar el más extraordinario viaje que he tenido en mi vida y que ocurrió con Ella hace exactamente un año, la noche del viernes 14 de mayo de 2010.
Un viaje, una travesía hacia un oasis cuya genealogía terrenal no le resta méritos celestiales y que me hizo mirar un mundo tan bello y que yo juzgué tan posible que me resisto a sentir perdido.

Hoy lo recuerdo como si hubiera estado ocurriendo permanentemente desde entonces. Lo puedo describir así:
Parecía que era el alba y yo me adentraba en un trillo carmesí donde me troqué en una especie de espeleólogo labial que se afanaba en un periplo lingual.
Recuerdo que aún cuando podía yo haber sido capaz de esperar ahí hasta un nuevo crepúsculo, orondo salí para, acaso después de tomar un respiro, transportarme hacia una nívea llanura que era sólo el preludio de un par de gollerías nacaradas a las que ascendí infatigablemente. El sol en su cenit hubiera podido sorprenderme en esas cimas para recordarme que el día aún alcanza para tomar la bucólica ruta que me hiciera llegar al umbral del edén. Los efluvios de esta zona ecuatorial demoraron mi marcha y de mi parte hubiera podido quedarme largo rato a contemplar su irisado paisaje. Empero decidí tomar el impoluto sendero que me llevaría al sitio que es fontanal de todas las glorias. Sabía bien que ahí hay que llegar estoico, porque al encontrar el pórtico que oculta sus bellezas coruscantes cualquiera podría dudar en si continuar allende el horizonte, hasta alcanzar las columnas marmóreas que pueden extasiar a cualquiera, o quedarse ahí y sucumbir a la fruición que en ese sitio es arrobadora. Casi se me nubla el pensamiento al rememorar que, hechos nudo Ella y yo, terminamos esta travesía celestial que hoy recuerdo ocurrió hace un año y que nos puso a las orillas de un mundo que era tan distinto al que tenemos ahora a la vista. El mundo que pudimos atisbar estando ahí era realmente extraordinario y me resisto, hasta poner en juego mi razón, a sentirlo perdido e imposible.
Sí, yo lo ví y me cautivó; y sé que Ella también lo pudo contemplar...



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