viernes, 6 de mayo de 2011

Doble congoja

No tengo pretensión alguna de aparecer como el hombre más atribulado sobre el planeta, pero no puedo evitar que estos días se vuelvan tan pesados.
Al tiempo que el cielo se cubre con espesas nubes que amenazan lluvia, no puedo dejar de pensar que hace tres años, a esta misma hora, un día como hoy se precipitó una tremenda granizada que sólo era preludio de la terrible tormenta que se me venía encima: mi madre se marchó.

Lo recuerdo como si hubiera sido hace apenas un momento: ella parecía tan contenta después de que la operación había salido bien; ya no tenía dolor en la pierna, lo imposible parecía realizable... pero hubo un problema inesperado. Un coágulo (que quizá se formó durante el tiempo en que no tuvo adecuada circulación, o durante el prolongado tiempo en cama después de la primera operación; o quizá todo sumado... y el destino) se le fue a los pulmones provocándole una embolia de la que ya no pudo salir. Cerca de las 6 de la mañana del día jueves 8 empezó a tener dificultades para respirar y dió su último aliento a eso de las 6:10, justo en el momento en que yo llegaba al hospital corriendo. Alcancé a verla luchando por tomar aire en un par de ocasiones y decirle mamá por última ocasión. Luego, todo terminó...
 
El día anterior, después de unas horas en que tuvo una primera crisis respiratoria, estuve con ella durante horas en el hospital. El médico me había advertido que estaba en riesgo su vida, dada la presencia de ese coágulo en la arteria pulmonar; pero había que estar con ella poniendo cara de optimismo y esperanza. La verdad no sé que rostro tendría yo, pero ella tenía una mirada de ternura, de amor, de nostalgia, de añoranza, de certeza en que esa era la última ocasión en que estaríamos juntos viéndonos cara a cara... No dijimos nada, pero creo que no hacía falta. Me sonreía tras la mascarilla de oxígeno y yo le correspondía tratando de decirle con los ojos que todo iba a salir bien, que si descansaba mañana estaría mucho mejor. Procuraba no hablarle para que ella no se esforzara en responderme. Lo que había en sus ojos era una especie de certeza de que estaba concluyendo su presencia en esta vida y que se sentía orgullosa de lo que había hecho con ella. Al menos eso es lo que yo vi y sigo observando; porque ahora, cada que recuerdo esos momentos, y me viene de nueva cuenta su imagen, entiendo que esa es la expresión más tangible de eso tan etéreo que llamamos amor. Me parece que es la prueba más feaciente de que Dios existe y de que estuvo presente en mi vida a través de ella, aún cuando yo no lo hubiera visto sino hasta ese momento.

Desde entonces, salir a trabajar e ir a casa sabiendo que no habrá nadie para decirle "ya vine" y que ella me diga "qué bueno, ¿cómo te fue?" es algo muy duro. Nunca me imaginé cuánto.
Esta es la razón por la cual hoy siento una doble congoja: la nueva casa, en la que el estandarte de mi día color uva sigue izado en lo más alto, está muy sola...
Únicamente los retratos estan ahí para decirles -no sin una sensación de rayar en la locura- "ya vine" o "ya me voy y al rato regreso".

  
 

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