Una cierta sensibilidad, que no es habitual, se nos despierta cuando el corazón está ajado.
Es de este modo que los días se hacen sufribles e ironicamente, de pronto, poéticos. Es entonces que el sonreír de un niño cobra especial brillo, una melodía insulsa puede trocarse en himno y la mirada de un retrato en efigie del amor.
Días insoportablemente poéticos son estos que corren.
Hasta la esquina por la cual Ella andó una vez se vuelve plaza de esplendor,
sólo por el hálito que de su esencia ha quedado como soplo suave y apacible en el aire.
Anteriores magias reverberan y alimentan el ajado corazón.
Aguanta, pues...
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