domingo, 27 de febrero de 2011

Paráfrasis de buen augurio

Suena el teléfono y mi pulso se acelera. Timbra una segunda vez y corro a contestar, pero no es ella. A lo largo de estos últimos diez días el teléfono repicó varias veces, pero en ninguna de todas era ella. Alteraciones en vano, falsas esperanzas, ilusiones apagadas.
Pero hoy volvió a sonar y era ella; sí, finalmente era ella. Su voz me cautiva desde que dice “hola”. Se escucha tranquila, quizá un poco fatigada. Pregunta cómo estoy y le respondo que feliz por escucharla. No concede ni un guiño a ese signo.
Platicamos de dos o tres bagatelas y le confieso lo mucho que la extraño, pero ella me espeta un “pues yo ya no”. Se me agolpa en la garganta un nudo de emociones, pero me contengo y le digo que me duele escuchar eso; ella se ríe y me dice con sorna más que con cariño que “no es cierto” que sí me extraña.
Le reitero que la amo con todas mis fuerzas y cada día más. Le vuelvo a decir que la extraño y ella sólo se despide. Le pido que no olvide que la amo. Se va. Cuelga, cuelgo y me quedo pensando ¿para qué llamó? Ojalá esta paráfrasis sea de buen augurio. Ojalá.

El poder de las palabras

Las palabras son muy poderosas. Al menos lo son para mí. Cualquier poder no lo es tal sin alguien que lo reconozca. Yo asigno mucha importancia a las palabras y por eso me parecen muy poderosas. Una palabra puede cambiar mi estado de ánimo. Dos palabras podrían cambiar mi vida. Las siguientes palabras han sido mi motor a lo largo del último año. Ella las escribió en febrero de 2010; entonces me decía: “Amor mío, yo estoy y estaré junto a ti, como tu compañera del alma hoy y para siempre. Eres lo que más quiero en esta vida, contigo quiero pasar el resto de mi vida”. Recuerdo perfectamente cómo me estremecí al leerlas, porque yo pasaba por una de las pruebas más difíciles de mi vida. Lo recuerdo hoy y siguen siendo tan poderosas como antes, como ayer, como hace un año. No quiero dudar pensando que esas palabras estaban vacías. No, no quiero.

sábado, 26 de febrero de 2011

Tantos colores, tantos días

Varios días, de distintos colores, he tenido con ella. Recuerdo muchos días verdes, llenos de vida, de crecimiento compartido, de experiencias mutuas, de aprendizaje. También puedo rememorar algunos días rojos, encendidos, pasionales, que robustecieron nuestro cariño. Cómo olvidar los días azules, frescos, reconfortantes, con tersas caricias y boyantes besos. En una menor escala pueden señalarse días blancos, sin grandes matices, ni sombras, ni reflejos, sólo paz y alimentación espiritual. Sería imposible preterir días negros, aunque pocos, los ha habido, con gran penumbra, nocturnidad que aplasta mi pasión y me acongoja.
Pero recuerdo mucho un día color uva, en el que ella era una estampa viva de la belleza, con un estupendo vestido de ese mismo color. Sus piernas, marmóreas columnas monumentales, eran enmarcadas por dicho vestido que, a su vez, torneaba con embeleso un perfecto escote. Ese fue un gran día. Mucho calor, mucha gente, muchos besos, mucha música…
También puede recordar como si fuera hoy un día rosa cuando fenecía un año y ella, con los ojos llenos de lágrimas juró que me ama.
Tantos colores, tantos días… imposible borrarlos.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Me sigue costando trabajo

Lo recuerdo y me sigue causando problemas, aquel día en que me insistía una y otra vez: “dime cosas bonitas”. ¡Cuán tardo me sentí!, porque aunque me afanaba en enunciar sus encantos, en ensalzar sus gracias, en reiterar lo importante que es para mí, ella insistía en que le dijera algo bonito. Es como un jugador que se mata corriendo tras el balón, que se rompe el físico en la cancha y desde la tribuna le gritan sin el menor recato “ya ponte a jugar…”
Y, finalmente, ante su insistencia de que le dijera cosas bonitas, le dije que me moría de ganas de casarme con ella. Me miró con desdén y me dijo “¿eso es algo bonito?” Ese gesto me hizo sentir todavía más estúpido. Aún hoy me cuesta trabajo descifrar ese entuerto: ¿qué quería escuchar? Ese es el gran problema, mi gran problema y quizá de muchos: ¿qué es preciso decir cuando la persona que amas te pide que le digas algo bonito? Le dices que la amas y no parece bastar; le dices que es la luz de tu camino y el camino mismo y no está conforme; le dices que es tu sol, tu motor, todas tus razones y sigue sin ser suficiente; le hablas del privilegio inigualable de mirarse en sus ojos, de la dicha de quererla y nada. ¿Qué es preciso decir? Aún hoy me cuesta trabajo descifrar ese entuerto.

martes, 22 de febrero de 2011

Por si quisieras

Si estuvieras aquí a mi lado, yo estaría siempre dispuesto para cuando necesites decir algo, siempre atento para cuando requirieras cualquier cosa, siempre pendiente por lo que se te pudiera ofrecer, siempre alerta a lo que tú quisieras, siempre a las vivas para todo, siempre en vigilia a tus necesidades, siempre deseoso de lo que quisieras compartirme, siempre gustoso por verte, siempre obediente para lo que dispusieras, siempre diligente para lo que se te ocurriera, siempre obsequioso para atenderte, siempre, siempre, siempre.
De igual manera, si estuvieras aquí tendrías que estar dispuesta a eso y soportarlo.

lunes, 21 de febrero de 2011

¿Y para qué?

Me pregunto a mí mismo -con intención de que mi respuesta la oigas tú- ¿por qué quiero que vuelvas conmigo? Tengo motivos, razones y argumentos. No diría que me sobran, pero sí tengo más de dos de cada uno. Sólo te diré los que considero más poderosos:
Un motivo es algo que logra mover las cosas.  ¿Qué es lo que hace que un campesino are la tierra, que un pescador lance sus redes, que un comerciante ofrezca sus mercancías, que un conductor se aferre al volante, que un predicador hable y hable? ¿Por qué repetirlo una y otra y otra vez? El espíritu de cualquier mortal claudica cuando ya no espera nada de su acción. Tú, amor mío, haces que se mueva mi espíritu que en cierto momento pareció claudicar. Cuando uno deja de moverse, puede que corra menos peligros, pero muy seguramente obtendrá menos alegrías y, así, terminará sumergido en un profundo hoyo donde sólo mira una parte del cielo. Moverse, en cambio, nos da la posibilidad de ver el cielo completo, con sol y con luna, desde muchos ángulos. Si no estás tú aquí conmigo, casi nada puedo esperar de cuanto hago.
La razón no es sólo una facultad, es una guía. Darle la razón a alguien no es proporcionarle la posibilidad de pensar las cosas, es reconocer que las ha pensado lo suficiente para llegar al punto esperado. Yo lo he pensado bien y no tendría sentido que siga sólo por el camino ¿Para qué? En cambio, si lo compartimos, siempre habrá manera de intercambiar las impresiones de ese recorrido y así enriquecerlo y enriquecernos. Uno sólo se des-a-rolla cuando hay espacio para extender lo que estaba arrollado; el espacio no existe de por sí, lo crea la suma de parcialidades. Lo tuyo más lo mío hacen más espacio.
No tengo una mejor manera de convencerte que enlistarte lo que aquí, a mi lado, te espera: brazos, valor, respeto, labios, fuerza, cariño, deseo, intensidad, estabilidad, oídos, calor, ideas, caricias, besos, hogar, futuro, comprensión, lucha, energía, alegría, sabor, ternura, luz, justicia y paz.

domingo, 20 de febrero de 2011

Una visita inesperada

Ayer, en la hora más aguda de mi insomnio, vino a visitarme el Consejero de los momentos bajos; es un ser extraño: aparenta ser un anciano, pero es más bien que su manera de hablar tiene el tono de reconvención de quien ha vivido muchas cosas durante mucho tiempo y no aprueba los yerros de la inexperiencia. No sabría decir si portaba un traje obscuro, porque es bien sabido que de noche todos los gatos son pardos. Lo que sí recuerdo con mucha claridad es que tenía anteojos, pero me miraba por encima de ellos. Movía mucho las manos y tenía el cabello alborotado. Me dijo: “lo más fácil es sentirse triste; lo difícil es no sentirse vencido”. ¡Vaya novedad! –dije con un tono sardónico. De inmediato sentí su mirada amonestándome.
Como todos los seres fantásticos, este que me visitó a mí llegó de la nada y también de ahí mismo sacó el conocimiento de lo que me está pasando. Es como a las hadas o a los ángeles; no hace falta decirles nada, ellos saben bien lo que nos duele, lo que necesitamos y lo que nos mortifica. Sentenció, haciendo de sus anteojos el estrado de un juez cuyo pronunciamiento es inapelable: “Hoy te parece miserable la vida, pero no es ella la que ha cambiado. Ahora, como ayer, hay igual número de cosas por hacer, sueños por cumplir, ilusiones que cultivar”.
Tan inesperadamente como llegó, el Consejero de los momentos bajos se fue. Era más de la media noche y yo seguía sin poder dormir, como ayer, como antier, como desde hace una semana. Mis momentos bajos me tienen hoy aquí en vela, pensando en ti, lamentándome, extrañándote.
Te amo más que nunca.
Quizá mañana vuelva a venir este ser extraño y muy probablemente me recete su prédica. Tal vez me ofrezca más razones para alzar la mirada.

sábado, 19 de febrero de 2011

Ella hoy sufre en mí.

En cierta oportunidad le decía a ella que hay mil formas de resolver un problema. Lo creía entonces y diría que lo sigo creyendo ahora. No obstante eso, me afecta el hecho de que estoy pensando demasiado en el problema y no tanto en las soluciones.
Ella me dijo: “Ya no estoy tan enamorada de ti”. ¡Vaya que ese es un problema! ¿Y las mil soluciones? No sé; no lo sé ahora. Me siguen afligiendo esas palabras hasta la obnubilación.  Dos días después de sus fulminantes palabras, escuché su mágica voz al teléfono diciéndome: “sólo llamo para decirte cuánto te quiero”
¿Cuánto? –le pregunté.
Mucho, mucho. Te amo –me dijo.
Bella forma de iniciar el día, escuchando eso. Pero al anochecer mi emoción se había transformado y me atormentaba la idea de que ella estaba compadeciéndome. ¿Será acaso que esa repentina llamada era para demostrar que consideraba inmerecida la situación en que me había puesto? Si es así, no puedo dejar de sentirme culpable, pues me confirma que ella se identifica con esa terrible sensación que ahora yo siento, pero lo hace porque yo antes la he puesto en una similar. Ella hoy sufre en mí. Lo siento tanto…
Perdóname mi amor.
No llegaré al punto de compadecerme a mí mismo. Si bien todavía no tengo claras las mil soluciones al problema, sí tengo claro que compadecerme no lo es.

http://www.youtube.com/watch?v=HTEKbkrpMgY

viernes, 18 de febrero de 2011

Hoy llueve lo de ayer.

Escribe Eduardo Galeano en una extraordinaria crónica de su visita a territorio zapatista en Chiapas:

Está lloviendo ayer”, me dice un lugareño, a la salida de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas. Ayer fue el día de San Cristobalito, que siempre viene con lluvia y esta vez vino seco, y por eso es de ayer esta lluvia de hoy.

Es, sin duda, una formidable pieza de la sabiduría popular milenaria la que recupera Galeano. Nos enseña que las cosas no siempre llegan a su tiempo, pero una vez que lo hacen es conveniente saber a qué se deben. Muchas veces nos llueve hoy lo de ayer; y, en el mismo sentido, puede que caiga hasta mañana la lluvia de hoy.
Hoy se anegan mis ojos con una borrasca que no sé de dónde ha venido. Si este temporal llega de ayer, acaso sea inevitable; pero si me está lloviendo mañana, que siga lloviendo, pues me llena de esperanza saber que un cielo escampado nos aguarda en algún sitio a ti y a mi.
http://www.youtube.com/watch?v=LFwWYsTgvr4

jueves, 17 de febrero de 2011

Un cuento que alguna vez le compartí

Todos se han ido a otro planeta... Edmundo Valades
Hay minutos en que todo parece escaparse de las manos. El día ha sido como un cheque sin fondos. Hemos caminado de prisa y de pronto nos detiene una duda: ¿dónde vamos? Resulta que no lo sabemos. Una bruma desconsoladora nos envuelve. Creemos que los anuncios luminosos y las lámparas de los arbotantes no han sido bien encendidos. Suponemos que el mundo es demasiado grande y que no lo habita nadie. Algo así como si todos sus habitantes se hubieran ido a pasear a otro planeta. La soledad nos sobrecoge de improviso. Y con ella, el deseo punzante de hacer algo indefinible, desde tomar una taza de café hasta realizar una hazaña heroica. Y no es ni lo uno ni lo otro. Buscamos dentro de nosotros mismos, nos interrogamos: ¿qué será? No se atina con la respuesta. Contempla uno la vida y la compara a una botica, en la que hay de todo. Sin embargo, no tenemos la receta. No puede saberse la medicina. Es el vacío.

Esa noche, Epigmenio no tenía la receta. Era uno de esos días en que los pequeños y apurados planes que hace cualquiera para tener una meta inmediata a la que asirse, para salvarse del vacío, le habían fallado. La muchacha que pretendía enamorar había faltado a la cita. Por esperarla, se pasó la hora de ir al cine a ver una película del Indio Fernández. En el café, la tertulia de amigos se había disuelto. Así como las grandes calamidades se desatan simultáneamente, esas minúsculas que cercan a los hombres a determinada hora y hacen también su daño, se habían desatado contra Epigmenio. En ese momento, se sentía el único habitante sobre la tierra.

Esta sensación no es nada grata. Si se carece de imaginación o se la posee en exceso, lo más fácil es resbalar hacia una cantina. Epigmenio decidió entrar en la más cercana y tomar algo fuerte. Ante el bar, con un pie en el "estribo", Epigmenio se puso a pensar. ¿Había perdido algo? Cuando alguien se hace esas preguntas precisamente frente a la barra de una cantina, lo inevitable es que pida otra copa. Y que se siga con una docena. Normalmente, a la duodécima, ese hombre se ha salvado inesperadamente no se sabe por qué milagros del alcohol. Se siente feliz en la tierra y la ve poblada otra vez por sus habitantes, sus esperanzas, sus alegrías. Hasta descubre desconocidos e interesantes seres. Charla con cualquier ser humano, le surge una ternura inusitada por el cantinero, todas las mujeres se convierten en fáciles amores. Así son a veces las penas humanas. Lo grave para Epigmenio fue que a la duodécima copa se sintió más solo. Y un hombre que se siente solo después de haber bebido doce copas y ya frente a la decimotercera, es todo un drama. Es que ese hombre está verdaderamente solo.

Posiblemente Epigmenio lo ignoraba. La soledad es una revelación, como la urticaria. Uno está muy bien. De repente, hay una comezón terrible en toda la piel. Es la urticaria que brotó por cualquier secreta alergia. Así la soledad. Uno ni siquiera la supone. Se vive, sé es, a pesar de todo, más o menos feliz. Pero un minuto, un instante, porque faltó una chica a la cita, porque no se pudo ir al cine, porque no se encontró a ningún amigo en el café, y ¡ahí está la soledad! Y tan inútil como rascarse, cuando la urticaria, sin que se calme, así la soledad: la escarba uno creyendo que es pura imaginación y se exacerba. Ya será difícil que se ahuyente. Epigmenio comprendió: no se sentía solo, estaba solo.

La revelación, a pesar de la niebla del vino, fue dolorosa. Para escapar de su daño, Epigmenio intentó buscar compañía. Cerciorarse de que no estaba solo en el mundo. Creía que no tendría arriba de dos horas en la cantina. Pero las barras de las cantinas comprueban la teoría de la relatividad: cuando pudo descifrar el reloj, calculó que habían transcurrido cerca de tres horas. Era más de la medianoche. A esa hora, un hombre con trece copas que descubre su soledad y busca compañía, si es soltero, por lo general nada más tiene un sitio donde encontrarla: en un cabaret. Epigmenio salió de La Mundial y enfiló hacia el Waikiki.

Había estado allí hacía cuatro noches. Entonces no por sentirse solo, sino porque deseaba a una muchacha. Usted sabe: esas cosas inevitables que han creado muchachas que van a los cabarets para que las inviten los clientes. La muchacha que Epigmenio invitó esa pasada noche resultó ser muy agradable. Bastante bonita. Además, capaz de dar algo que no debe esperarse: un poco de ternura. Y mostró hacia Epigmenio una cálida simpatía. Y otras cosas que no hay que decir, porque resultarían indiscretas.

Epigmenio llegó al Waikiki. Allí, por si usted no lo sabe, hay muchas mesas y, alrededor de ellas, esperando a un anfitrión ideal, las muchachas. Las malas muchachas, como hay que nombrarlas para diferenciarlas de esas conocidas como las buenas muchachas. Las malas se ganan la vida bebiendo con quienes las invitan. Por cada copa que toman, la casa les da una "ficha". Cada "ficha" vale un peso cincuenta centavos. (Creo que ante la carestía de la vida, también las fichas están revalorizadas.) Cuanto más las invitan, más "fichas" obtienen. Consecuentemente, más dinero. A ellas les gusta, naturalmente, que quien las invite les convide muchos tragos. Por otro lado, pueden gustarle al cliente. El cliente las invita a ir a dormir. Si a la muchacha no le interesa más que el negocio, acepta ir por un rato. Si el cliente le gusta o se gana su simpatía, puede quedarse dormida hasta el otro día. Claro, si no hay un amigo que les lleve la cuenta. Todo esto es muy variable. Habría que hablar mucho sobre ello. Si alguna vez usted y yo podemos ir juntos a un lugar de ésos, allí, frente a una mesa, podremos platicar largamente del asunto.

Cuando Epigmenio entró en el cabaret, las cosas empeoraron. Aquello estaba poco concurrido. Nada más unas cuantas parejas perdidas entre tanta mesa. Las mesas están frente a la pista, donde se baila, todas con un albo mantel y cuatro sillas bien acomodadas. Epigmenio fue a sentarse precisamente en el centro. Solo. Apoyó el codo sobre la mesa y la cara sobre la mano, tratando de que sus miradas pudieran adivinar si lo que aparecía ante ellas era un objeto o una persona. Y si era persona, si tenía la forma de Sylvia. Sylvia, la muchacha que había aceptado su invitación hacía cuatro noches y se había dormido hasta el día siguiente. La recordó, concentrándose. La concentración se convirtió en algo intenso: tuvo la certeza de que, si ella estaba allí y aceptaba otra invitación, dejaría de sentirse solo. Con la presencia de Sylvia volvería el mundo a poblarse. Pero no podía concretarla entre las formas desdibujadas de esta o aquella muchacha cuyos contornos, líneas y perfil no llegaban a adquirir, ante sus ojos miopes por el alcohol, una identidad, un nombre, una esperanza.

El señor que atiende el cabaret y que dirige a los meseros como hábil estratego, amablemente se acercó a preguntarle qué deseaba. Es un señor muy diligente que va y que viene, incansable, arreglando que ningún mantel esté fuera de centro y que las sillas estén en su sitio. Debe haber supuesto que algo grave le ocurría a Epigmenio, porque le hizo la pregunta con cordial simpatía, como tratando de consolarlo. Epigmenio no acertó a decirle que quería una muchacha y que esa muchacha debería ser exactamente Sylvia. Y que si Sylvia no estaba, él daría cualquier cosa por encontrarla. Y que si no la encontraba, podría suceder una catástrofe: que no volviera la gente a la tierra. Y que entonces querría no una copa, sino una botella. Por eso, Epigmenio no pudo decir nada. El señor, con mucha experiencia, le aconsejó un jaibolito. Es más, aclaró que era una invitación suya.

La orquesta inició ruidosamente un danzón. Ese de "píntame de colores, para que me digan Supermán". Las pocas parejas que se hallaban en los gabinetes laterales -se nos olvidaba precisar que lateralmente, empotrados en la pared, hay esos gabinetes abiertos- principiaron el baile, deslizándose por la pista o desbocándose por ella. Según los temperamentos, claro. De pronto, como una vaporosa aparición, Epigmenio descubrió el rostro de Sylvia por sobre el hombro del caballero que la apretujaba. Sylvia también lo vio y respondió a su mirada con otra indefinible. Podría decir "por qué no has venido", "por qué no me avisaste que vendrías" o "me da igual que hayas venido".

Epigmenio se sintió perdido. Si Sylvia estaba con otro caballero, lo seguro es que no podría venir con él. Las pequeñas calamidades continuaban aglomerándose. Cuando cesó la música, vio cómo Sylvia era llevada por su compañero hasta un gabinete. Y cómo se sentaba muy cerquita de ella y casi la besaba al hablarle, tal vez repitiéndole las mismas palabras que el propio Epigmenio dejara caer la otra vez en los oídos de Sylvia. No había duda: la debía estar invitando a ir a dormir. Y esa invitación, no hecha por él, era toda una pena. Una pena honda. Una pena de ésas que en un descuido dan de qué hablar.

Epigmenio soslayó cómo Sylvia se levantaba. ¿Habría aceptado? Vio cómo llegaba hasta el mostrador, visible desde su mesa, donde les cambian las "fichas" al irse. Como algo le apretara dentro, lastimándole quién sabe qué víscera, Epigmenio dejó de ver a Sylvia. Clavó los ojos sobre la pista y se sintió el más desgraciado de los hombres. Esa desgracia implicaba la sensación de que Sylvia era mucho más bonita, con sus grandes ojos abiertos y su boca carnosa, con su blusa blanca muy escotada y sus cabellos sueltos. No pudo evitarlo: recordó cosas muy íntimas. Vamos, Epigmenio estuvo seguro de que daría cualquier cosa por tenerla a su lado, que haría cualquier cosa porque se fuera con él.

Hubo algo que lo detuvo. Sí, el tipo que estaba esperándola. El tipo que se iba a dormir con ella. Había un trato de por medio que no podía ya romperse. Sylvia estaba comprometida. Y él sabía que ese compromiso es como el aval de una letra de cambio. Quién sabe por qué, pero Epigmenio pensó: "La soledad es un desierto. Soy un cactus en ese desierto."

¿Y esto? Epigmenio sintió que una figura se acercaba hacia él. Muy extraño. ¿Sylvia? Sí, Sylvia venía hacia su mesa. ¿Qué podría ser? Bueno, no quedaba más que el disimulo, para evitar un error. Sylvia estaba ya junto a él. Sin decirle nada, se inclinó un poco y le dio un beso en la mejilla. Nada más. Ella se había ido. Estaba saliendo ya, con el tipo ése. Epigmenio sentía el beso, cálido, lleno de ternura, infalsificable. Decididamente, un beso con magia. El beso espontáneo de una mala muchacha llamada Sylvia. Un beso que había logrado de pronto que todas las gentes regresaran a la tierra del paseo por otro planeta. La tierra estaba poblada otra vez por millones de hombres, por animales, por casas. Por risas y lágrimas. Por todo eso que es la vida

miércoles, 16 de febrero de 2011

Al dudar sembramos la inquina.

Ella me ha dicho, tras alejarse: “…y si por azares del destino encuentras a alguien que quisiera estar contigo y tú con ella, pues no pienses mucho en mí, yo lo entenderé, sólo quiero tu bienestar. Por mi parte te garantizo que durante el tiempo que permanezcamos “distanciados”, nadie ocupará tu lugar; no debes preocuparte por eso”.
¿Será posible que no tenga claro cuánto la amo? Si, queriéndola como la quiero, no he sido capaz de que ella esté cierta que no puede haber nadie con quien yo quiera estar si no es con ella, ¿qué puede estar pensando? No es la suya –al menos no quiero verla así- una permisividad al infiel potencial. Podría tomarme como un infiel en potencia y por ello anuncia que me comprendería si busco otros amores. Pero no creo haberle dado motivos para conceptuarme así. Entonces, ¿por qué? Además, me responde por anticipado a mi duda: para ella “nadie ocupará mi lugar”. Me confieso haberle preguntado si había alguien más que le distrajera de lo nuestro; me confieso culpable de haber sido yo quien dudó primero. Lo lamento. Ha sido un error; no lo había pensado de esa manera: al dudar, sembramos la inquina. Perdóname mi amor.
La distancia no es sólo un espacio que media entre dos, también es la falta de contacto. Dos que se quieren entran en contacto emocional, espiritual y físicamente, cuando esos contactos empiezan a no darse, se genera la distancia. No quiero estar distante de ti, amor. No, no quiero. No tomo esa permisividad al no-contacto. Sigues estando aquí, conmigo, donde más se te quiere.

martes, 15 de febrero de 2011

Tú, el numen propiciatorio de mi mejor parte (o por qué no sentirse solo aunque se esté así)

Pienso que la soledad tiene dos modos de existir: como circunstancia y otro como sensación. En ambos casos es algo relativo, aunque en la primera puede ser más bien vista como un hecho y en la otra como una sensación. Me trataré de explicar.
En lo que hace a la primera (“estar solo”) se trata de un hecho comprobable en diferentes momentos y condiciones: uno está solo, por ejemplo, cuando en una habitación no hay nadie más. Puede que en la misma casa haya otras personas, pero esa persona se encuentra sola bajo la circunstancia de que no hay nadie más que lo pueda ver o escuchar -a menos que grite. Si eso lo vemos en una escala progresiva o regresiva se pueden encontrar circunstancias de soledad relativa. Es decir, uno puede estar solo en una casa, pero si esa casa está en una ciudad, pues cerca siempre hay personas; y así esté solo en una isla, en el resto del mundo hay personas y su soledad sigue siendo relativa. Y a la inversa: si uno puede presenciar un partido de basquetbol, de fútbol, de jockey o cualquier otro donde dos equipos tratan de obtener anotaciones eludiendo al enemigo, es muy fácil escuchar que un jugador (el cual se encuentra entremezclado con una o varias decenas más de elementos en un espacio perfectamente delimitado y uno los puede ver todos amontonados) diga “pásamela, estoy solo”. El se refiere a que a menos de uno o dos metros y por uno o dos segundos no hay nadie cerca y puede alcanzarle esa relativa soledad para conseguir una anotación sin que nadie del equipo rival se lo impida.
Bueno, esa es la soledad como circunstancia y a veces es momentánea, otras permanente; en ocasiones es algo que buscamos; otras nos pasa aunque uno no lo quiera. Casi todos siempre buscamos estar solos para ir al baño, para hablar por teléfono, para leer y concentrarse, para descansar... En fin, todas ellas son circunstancias en donde la soledad es lo normal. Si uno mira con detenimiento es socialmente aceptado ese tipo de soledades que los diseños arquitectónicos u operativos propician esas soledades: las cabinas telefónicas son para una sola persona, los baños lo mismo, los cajeros, las camas, etc. Ahí estar solo es lo que se precisa para hacer lo que tenemos que hacer.
Pero nuevamente es algo relativo y sujeto a la voluntad y necesidad de la gente, porque hay momentos en que uno vuelve esas circunstancias en una ocasión para intimar con alguien: dormir con la persona amada, bañarse juntos, ver o leer algo de manera compartida, etc. Ahí uno puede volver cada instante de los que precisan soledad la ocasión para experimentar una soledad compartida, suena contradictorio, pero así es: las parejas buscar “estar solos” para demostrarse cariño, para platicar, para declararse su amor, etc.
Bueno, pero dado que esas soledades son socialmente aceptadas, a veces necesarias y en muchas ocasiones voluntarias, no suele haber mucho problema en “estar solo”, porque –lo repito- es algo circunstancial y hasta sujeto a nuestra voluntad. Ahora que en el caso de la soledad como sensación es algo muy distinto y que se vuelve en algo socialmente no aceptado y que hasta se puede tachar de problema serio.
La soledad como sensación es algo que se experimenta en el fuero interno, en la mente o en el corazón. Una persona “se siente sola” cuando juzga que nadie más comparte sus emociones, sus problemas, sus inquietudes, sus anhelos, sus esperanzas. Esa soledad no se resuelve tan fácilmente como la otra, porque en ella no basta el reunirse con alguien más para dejar de estar solo. O sea, alguien puede estar en medio de una multitud y sentirse solo. Pero a la inversa, uno puede estar en una isla, a cientos de kilómetros de alguien más y no sentirse solo.
Pienso que esto ocurre porque la soledad que se siente se debe a que uno no tiene a nadie en su corazón o en su mente. También es algo relativo, puede ser momentáneo y sujeto a la voluntad. Si uno se niega a deja entrar a la gente puede “sentirse solo”, pero si lo hace, nunca experimentará ese sentimiento. Pero como la gente no puede entrar físicamente ahí (al corazón, a la mente) se trata de sentimientos: es en nuestro sentimiento donde uno realiza la operación de “estar con alguien”. O sea, hablamos de certezas, de recuerdos, de ideas, de ilusiones, de esperanzas, de convicciones, de decisiones, etc. Ninguna de ellas son cosas materiales, sino elementos intangibles que llenan nuestro corazón y nuestra mente. Alguien que tiene un bello recuerdo, que tiene ideas compartidas, que tiene ilusiones o esperanzas vinculadas con alguien más, no puede sentirse solo.
Así es: la convicción de que alguien más está a nuestro lado basta para no experimentar esa soledad. Claro que ello debe estar “retro-alimentado” de acompañamientos convertidos en hechos, porque de lo contrario la no-soledad en términos de sensaciones se puede convertir en un problema: si uno nada más vive de una ilusión y ella no se materializa, puede caer en estados patológicos, obsesivos o paranoides. Se dice que no es sano vivir únicamente de recuerdos, de ilusiones, de esperanzas; todo ello debe ir acompañado de hechos comprobables, tangibles, reales pues.
Entonces, la soledad como sensación puede dejar de existir cuando uno se alimenta de esas cosas intangibles y las refuerza una y otra vez con acompañamientos reales. Y a la inversa, se “siente la soledad” cuando uno no extrae o ya no puede extraer de esos momentos compartidos con sus semejantes cosas intangibles. En términos prácticos, si uno no tiene bellos recuerdos de lo vivido con la familia, pues ni eso podrá hacernos compañía en momentos en que haga falta. Igualmente, si uno no tiene la certeza de que alguien nos quiere, pues claro que nos sentiremos profundamente solos. Y lo mismo pasa cuando no estamos seguros de que los sueños compartidos puedan convertirse en realidades, porque ello forma un hueco en el alma y ahí es donde se siente la soledad.
Yo ya hace un rato que no me siento solo porque sé que me quieres. Puedo extrañarte, eso sí y mucho, pero basta con recordar que me has prometido quererme siempre y con pensar en que decidiste casarte conmigo, para no sentirme solo. Cuando estoy solo pienso mucho en ti y eso se debe a que no aguanto sentirme solo y recurro a mis bellos recuerdos junto a ti, a mis ilusiones contigo, a mi certeza de que me amas para aliviar esa sensación de inseguridad aunque siga estando solo.

lunes, 14 de febrero de 2011

Los epitafios no admiten réplica (o atención en el tono de la despedida)

Yo creo que el acto de despedirse es algo que se puede hacer a varios niveles: despedirse por un rato, despedirse por una temporada o despedirse para siempre.
En los primeros casos es prácticamente un formulismo o regla de etiqueta: me despido como forma de demostrar mi atención para con las personas con las que estaba. De no hacerlo, luego le pueden a uno reclamar “te fuiste y ni siquiera dijiste adiós”. Eso es para los casos en los que uno vuelve a ver a la persona con relativa rapidez; de hecho esa sería la condición para que le puedan reprochar a uno el por qué no se despidió. Ahí el despedirse es más bien preludio de un nuevo saludo, porque uno se despide diciendo “nos vemos mañana” o algo así. Este tipo de despedidas, aunque encierran la posibilidad de que no llegue ese mañana, no son valoradas como algo trascendente, porque uno no piensa verdaderamente en esa extrema posibilidad de que el mañana no llegue.
Ahora que, en el caso de las despedidas por una temporada, son más bien actos de refrendo de un vínculo que se mantendrá sin importar el tiempo o la distancia. Es como ir a despedir a un viajero, sabiendo que después de un tiempo éste volverá. Se le despide en señal de que se le espera y de que el tiempo en que esté lejos se le extrañará y se añorará su regreso. Este tipo de despedidas suelen ser muy emotivas, dada su naturaleza; y en ellas sí se piensa con mayor detenimiento, porque es en ausencia cuando se valoran las cosas que han quedado atrás. Es como la nostalgia del migrante o el mexicanísimo síndrome del “jamaicón”. Al despedirse así siempre queda en el aire la posibilidad de que quien se va no vuelva y por ello hay quien no soporta este tipo de adiós y prefiere evitarlos.
En cambio, las despedidas para siempre son traumáticas; lo son en el sentido de que dejan una huella o una marca. Se despide uno para siempre de alguien que se va y no volverá, sea a causa de la muerte, el exilio o la ruptura de un vínculo. Conseguir esto casi siempre requiere de un proceso, una serie de etapas en las que uno, primero, niega el hecho y no se convence ante la evidencia o rehúsa hacerlo; luego, comienza a asimilarlo  y hasta guarda una especie de duelo y, finalmente, viene la etapa de resignación. Practicar un adiós así es algo sumamente difícil y solo el tiempo resarce el tipo de marcas o huellas que deja.
Claro que hay casos en que uno cree despedirse por un rato y ese rato se convierte en una temporada y luego ésta es un para siempre. También hay ocasiones en que uno cree despedirse para siempre, pero ocurre lo contrario. Como quiera que sea, en una despedida (sea momentánea, temporal o para siempre) uno expresa su sentir: cuando dice “hasta mañana” está expresando el deseo de ver a la persona al día siguiente; cuando dice “vuelve pronto” o “aquí te estaré esperando”, también se externa un sentimiento que aspira a vencer el tiempo y la distancia. ¿Pero qué se dice cuando el adiós es para siempre? Lo más frecuente es decir “gracias por todo”.¿Qué se contesta cuando alguien te dice eso? Nada, porque nada dice quien muere cuando ante su sepulcro le dicen “gracias por todo”. Los epitafios no admiten réplica.