Ella me ha dicho, tras alejarse: “…y si por azares del destino encuentras a alguien que quisiera estar contigo y tú con ella, pues no pienses mucho en mí, yo lo entenderé, sólo quiero tu bienestar. Por mi parte te garantizo que durante el tiempo que permanezcamos “distanciados”, nadie ocupará tu lugar; no debes preocuparte por eso”.
¿Será posible que no tenga claro cuánto la amo? Si, queriéndola como la quiero, no he sido capaz de que ella esté cierta que no puede haber nadie con quien yo quiera estar si no es con ella, ¿qué puede estar pensando? No es la suya –al menos no quiero verla así- una permisividad al infiel potencial. Podría tomarme como un infiel en potencia y por ello anuncia que me comprendería si busco otros amores. Pero no creo haberle dado motivos para conceptuarme así. Entonces, ¿por qué? Además, me responde por anticipado a mi duda: para ella “nadie ocupará mi lugar”. Me confieso haberle preguntado si había alguien más que le distrajera de lo nuestro; me confieso culpable de haber sido yo quien dudó primero. Lo lamento. Ha sido un error; no lo había pensado de esa manera: al dudar, sembramos la inquina. Perdóname mi amor.
La distancia no es sólo un espacio que media entre dos, también es la falta de contacto. Dos que se quieren entran en contacto emocional, espiritual y físicamente, cuando esos contactos empiezan a no darse, se genera la distancia. No quiero estar distante de ti, amor. No, no quiero. No tomo esa permisividad al no-contacto. Sigues estando aquí, conmigo, donde más se te quiere.
No hay comentarios:
Publicar un comentario