Lo recuerdo y me sigue causando problemas, aquel día en que me insistía una y otra vez: “dime cosas bonitas”. ¡Cuán tardo me sentí!, porque aunque me afanaba en enunciar sus encantos, en ensalzar sus gracias, en reiterar lo importante que es para mí, ella insistía en que le dijera algo bonito. Es como un jugador que se mata corriendo tras el balón, que se rompe el físico en la cancha y desde la tribuna le gritan sin el menor recato “ya ponte a jugar…”
Y, finalmente, ante su insistencia de que le dijera cosas bonitas, le dije que me moría de ganas de casarme con ella. Me miró con desdén y me dijo “¿eso es algo bonito?” Ese gesto me hizo sentir todavía más estúpido. Aún hoy me cuesta trabajo descifrar ese entuerto: ¿qué quería escuchar? Ese es el gran problema, mi gran problema y quizá de muchos: ¿qué es preciso decir cuando la persona que amas te pide que le digas algo bonito? Le dices que la amas y no parece bastar; le dices que es la luz de tu camino y el camino mismo y no está conforme; le dices que es tu sol, tu motor, todas tus razones y sigue sin ser suficiente; le hablas del privilegio inigualable de mirarse en sus ojos, de la dicha de quererla y nada. ¿Qué es preciso decir? Aún hoy me cuesta trabajo descifrar ese entuerto.
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