domingo, 20 de febrero de 2011

Una visita inesperada

Ayer, en la hora más aguda de mi insomnio, vino a visitarme el Consejero de los momentos bajos; es un ser extraño: aparenta ser un anciano, pero es más bien que su manera de hablar tiene el tono de reconvención de quien ha vivido muchas cosas durante mucho tiempo y no aprueba los yerros de la inexperiencia. No sabría decir si portaba un traje obscuro, porque es bien sabido que de noche todos los gatos son pardos. Lo que sí recuerdo con mucha claridad es que tenía anteojos, pero me miraba por encima de ellos. Movía mucho las manos y tenía el cabello alborotado. Me dijo: “lo más fácil es sentirse triste; lo difícil es no sentirse vencido”. ¡Vaya novedad! –dije con un tono sardónico. De inmediato sentí su mirada amonestándome.
Como todos los seres fantásticos, este que me visitó a mí llegó de la nada y también de ahí mismo sacó el conocimiento de lo que me está pasando. Es como a las hadas o a los ángeles; no hace falta decirles nada, ellos saben bien lo que nos duele, lo que necesitamos y lo que nos mortifica. Sentenció, haciendo de sus anteojos el estrado de un juez cuyo pronunciamiento es inapelable: “Hoy te parece miserable la vida, pero no es ella la que ha cambiado. Ahora, como ayer, hay igual número de cosas por hacer, sueños por cumplir, ilusiones que cultivar”.
Tan inesperadamente como llegó, el Consejero de los momentos bajos se fue. Era más de la media noche y yo seguía sin poder dormir, como ayer, como antier, como desde hace una semana. Mis momentos bajos me tienen hoy aquí en vela, pensando en ti, lamentándome, extrañándote.
Te amo más que nunca.
Quizá mañana vuelva a venir este ser extraño y muy probablemente me recete su prédica. Tal vez me ofrezca más razones para alzar la mirada.

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