Yo creo que el acto de despedirse es algo que se puede hacer a varios niveles: despedirse por un rato, despedirse por una temporada o despedirse para siempre.
En los primeros casos es prácticamente un formulismo o regla de etiqueta: me despido como forma de demostrar mi atención para con las personas con las que estaba. De no hacerlo, luego le pueden a uno reclamar “te fuiste y ni siquiera dijiste adiós”. Eso es para los casos en los que uno vuelve a ver a la persona con relativa rapidez; de hecho esa sería la condición para que le puedan reprochar a uno el por qué no se despidió. Ahí el despedirse es más bien preludio de un nuevo saludo, porque uno se despide diciendo “nos vemos mañana” o algo así. Este tipo de despedidas, aunque encierran la posibilidad de que no llegue ese mañana, no son valoradas como algo trascendente, porque uno no piensa verdaderamente en esa extrema posibilidad de que el mañana no llegue.
Ahora que, en el caso de las despedidas por una temporada, son más bien actos de refrendo de un vínculo que se mantendrá sin importar el tiempo o la distancia. Es como ir a despedir a un viajero, sabiendo que después de un tiempo éste volverá. Se le despide en señal de que se le espera y de que el tiempo en que esté lejos se le extrañará y se añorará su regreso. Este tipo de despedidas suelen ser muy emotivas, dada su naturaleza; y en ellas sí se piensa con mayor detenimiento, porque es en ausencia cuando se valoran las cosas que han quedado atrás. Es como la nostalgia del migrante o el mexicanísimo síndrome del “jamaicón”. Al despedirse así siempre queda en el aire la posibilidad de que quien se va no vuelva y por ello hay quien no soporta este tipo de adiós y prefiere evitarlos.
En cambio, las despedidas para siempre son traumáticas; lo son en el sentido de que dejan una huella o una marca. Se despide uno para siempre de alguien que se va y no volverá, sea a causa de la muerte, el exilio o la ruptura de un vínculo. Conseguir esto casi siempre requiere de un proceso, una serie de etapas en las que uno, primero, niega el hecho y no se convence ante la evidencia o rehúsa hacerlo; luego, comienza a asimilarlo y hasta guarda una especie de duelo y, finalmente, viene la etapa de resignación. Practicar un adiós así es algo sumamente difícil y solo el tiempo resarce el tipo de marcas o huellas que deja.
Claro que hay casos en que uno cree despedirse por un rato y ese rato se convierte en una temporada y luego ésta es un para siempre. También hay ocasiones en que uno cree despedirse para siempre, pero ocurre lo contrario. Como quiera que sea, en una despedida (sea momentánea, temporal o para siempre) uno expresa su sentir: cuando dice “hasta mañana” está expresando el deseo de ver a la persona al día siguiente; cuando dice “vuelve pronto” o “aquí te estaré esperando”, también se externa un sentimiento que aspira a vencer el tiempo y la distancia. ¿Pero qué se dice cuando el adiós es para siempre? Lo más frecuente es decir “gracias por todo”.¿Qué se contesta cuando alguien te dice eso? Nada, porque nada dice quien muere cuando ante su sepulcro le dicen “gracias por todo”. Los epitafios no admiten réplica.
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